domingo, marzo 18, 2007

BALTA LLORT, UN VERDADERO HÉROE NACIONAL


Ernesto Rivas Gallont



Minutos antes de las dos de la tarde, el viernes 9 de marzo murió Balta Llort Escalante, presidente honorario y fundador del Cuerpo de Voluntarios Socorristas y Guardavidas de Cruz Roja Salvadoreña.


Pocas personas encajan tan bien con la definición de héroe como él. Durante toda su vida, Balta se dedicó a una causa: el servicio. En cumplimiento de su cometido, llevó a cabo una tras otra acción heroica, asistiendo a aquellos que necesitaban auxilio en momentos de tragedias. Terremotos, inundaciones, guerras, accidentes, en donde se le necesitaba allí estaba Balta. Sin que nadie se lo pidiera.

Esa inmensa calidad humana, la transmitió Balta durante sus sesenta años de servicio a todos los voluntarios que han servido y sirven en Cruz Roja, en los cuerpos que él fundó y a los que él dedicó la mayor parte de sus largos 91 años. Su dedicación al servicio lo convirtió en un varón ilustre y reconocido en toda la organización de Cruz Roja, nacional e internacional, por sus hazañas y sus virtudes.

Salvador, su hijo mayor, nos relató el sábado en sus bellas elogias al final de la misa en Cristo Redentor y, más tarde, en el sentido homenaje que sus compañeros de Cruz Roja le ofrecieron en la sede central de la institución, cómo Balta les había pedido, en una sentida, breve nota, que al morir su féretro fuese el más sencillo posible, de pino sin ningún ornamento, que no quería flores y que, en cambio, aquellos que lo quisieran, hicieran un donativo a su amada Cruz Roja o a su iglesia, donde oficia su amigo, Monseñor Ricardo Urioste, que lo acompañó siempre.

Pidió también que en la misa y a la hora de darle sepultura, si era posible, se entonara su música favorita, “Noche de Paz, Noche de Amor”. Paz y amor, que Balta irradió generosamente toda su vida. Varios de sus 27 bisnietos, acompañaron al lindo coro que cantó en la misa, a entonar las palabras de la evocación que Balta quería oír cuando su familia y sus amigos le dijéramos “hasta pronto”.

“Desde que tengo uso de razón, mis hermanos y yo, desayunábamos, almorzábamos y cenábamos Cruz Roja”, nos contó Salvador, pintando a Balta en cuerpo y figura.

Salvador también nos contó cómo su amigo y médico de cabecera, el doctor Benjamín Ruiz Rodas, lo asistió sin restricción alguna, a cualquier hora del día o de la noche que sus servicios fueron requeridos, durante toda su enfermedad, hasta el día de su muerte. “Mincho, hermano, muchas gracias”, dijo al unísono toda la familia.

Más tarde, Mincho, su médico, me contaría que pocos días antes de morir, Balta le había dicho: “Mil gracias, Mincho, has sido mi ángel de la guarda, pero ahora déjame morir. Estoy listo, quiero partir a reunirme con mi esposa y mis padres; déjame morir”.

Éramos amigos, me dijo Mincho, compartimos mucho, pero especialmente nuestro amor a la música, al canto, sobre todo la zarzuela, que cuando todavía podía, desde su lecho de enfermo, entonábamos juntos notas de una u otra de sus favoritas.

Vi llorar a Filo Simán, presidente de la noble institución, su amigo y compañero, durante más de 40 años. Pero Filo no estaba solo, porque muchos ojos se teñían de rojo recordando a Balta, al jefe, al amigo, al “señor Cruz Roja”, como le decían.

Conocí a Balta, cuando fui honrado al elegirme presidente de Cruz Roja Salvadoreña en 1972, cargo que desempeñé con orgullo hasta 1977. Le decía a Mincho Ruiz Rodas durante el sepelio, que Balta había sido mi mentor en el bien, como lo fue para centenares de voluntarios y dirigentes durante sus sesenta años sirviendo, sin más retribución que la que da el privilegio de servir.

Mientras ocupé el cargo, Balta era el jefe de los cuerpos voluntarios, hasta que en 1974, se incorporó al Consejo Ejecutivo, como uno de sus miembros. Naturalmente, su participación en la directiva resultó en su mejor desempeño, para beneficio de toda la institución. Se mantuvo en su nuevo cargo, pero también conservó las funciones de jefe de socorristas, hasta 1995 cuando fue nombrado Presidente Honorario de la institución. Nadie merecía ese nombramiento más que él. Nuestra amistad perduró desde que lo conocí.

El 8 de mayo de 1973, el gobierno de la República decidió otorgarles a Balta y a Ciro Rusconi, otro de los más dedicados servidores que tuvo Cruz Roja y, a la sazón, el más antiguo voluntario de la institución, la Orden de José Matías Delgado. El acto estuvo a cargo del canciller entonces, Mauricio Borgonovo y tuvo lugar en el Teatro Presidente, en presencia de centenares de voluntarios socorristas.

Esta no fue el único reconocimiento; otras sociedades nacionales reconocieron los méritos de Balta, por su servicio en esos países, durante momentos de angustia propia. También el Rey Juan Carlos de España le otorgó la Orden del Mérito Civil; la Cámara de Comercio, la Palma de Oro; la ASI, el Premio San Gabriel; y la Universidad José Matías Delgado, el premio Ángeles Voluntarios, entre otros.

En su mesa de noche, me cuenta Mincho, que Balta tenía una Biblia y otros objetos religiosos testimonios de su profunda fe cristiana. Pero también tenía su “otra biblia”, “Recuerdos de Solferino”, el libro que Henri Dunant escribió después de haber sido testigo de la terrible situación en que se encontraban los soldados heridos en el campo de batalla, que no recibían atención alguna y donde germinó la idea de fundar una institución dedicada a ese servicio.

Balta citaba párrafos enteros del libro de Dunant, en todas sus pláticas sobre la institución. Creo que de tanto hacerlo, conocía su texto de memoria.

El 6 de mayo de 1951, ocurrió un terremoto de 6.2 grados en los municipios de Jucuapa y Chinameca, que causó más de 400 muertes. Cruz Roja no contaba entonces con un equipo de voluntarios socorristas para atender emergencias; sin embargo, envió a la zona una ambulancia con medicinas y equipo, incluyendo médicos, paramédicos y enfermeras. Balta, quien había llegado al lugar como miembro de la Cruz Roja, ante la falta de personal que colaborara en las labores de asistencia, pidió a una pareja de guardias que “reclutaran” a 10 ó 15 hombres para ayudar al personal de la institución. Ellos fueron los primeros “voluntarios” socorristas y de allí nació la necesidad de contar con un cuerpo de auxilio que fue autorizado formalmente por el Consejo Directivo el 31 de octubre de 1951, del que Balta fue jefe y mentor hasta su muerte.

Si me permiten una anécdota personal poco conocida. De cierta manera yo le debo la vida a Balta. En septiembre de 1973 sufrí una crisis a causa de una hemorragia provocada por una úlcera gástrica, que causó una alarmante pérdida de sangre. Balta organizó un flujo continuo del vital fluido, de docenas de donantes, todos integrantes del Cuerpo de Socorristas, que, por supuesto, él encabezó, para donarme sangre en la Policlínica Salvadoreña, donde los médicos se esforzaban para salvarme la vida. Si no hubiera sido por Balta, no estuviera contando su historia, porque la escasez de sangre de entonces, igual que hoy, es apremiante.

Es fácil escribir sobre un héroe nacional, pero es más fácil hacerlo cuando ese héroe es una persona amiga a quien uno apreció y admiró durante tanto tiempo. Pero es difícil, no, es imposible, olvidar a esa persona. Ese es Balta Llort, que ahora descansa, como el hombre bueno que fue, al lado de sus padres y su amadísima esposa.

Dios, lo tiene en su gloria.


Hasta mañana, si Dios quiere.


San Salvador, marzo 18, 2007

6 comentarios:

Anónimo dijo...

Gracias Don Neto por compartir sus pensamientos. Indudablemente, se necesitan más historias como estas que nos eleven como seres humanos y nos inspiren a pensar, que es más fácil dar, que recibir.

No conocí personalmente a Balta Llort, pero me llena saber que fue una persona buena y dedicada al servicio de los todos los Salvadoreños. Que Dios lo proteja y le ayude en el mundo espiritual.


El Chapulín

Daniel Genoves dijo...

Que placer mas grande me da poder volver a escribirle
un mensaje don Ernesto, solamente he tenido el placer
de leer su columna los días domingo, he leido un poco
de todo de musica, de la señora Nancy Pelosi, hasta el
articulo de su amigo Balta Llort de Cruz Roja. Bueno quisiera pedirle aunque no se si esta en sus planes seguir tocando el
tema del Vaticano y sus secretos es particulamente un tema que me apasiona y que pienso que a usted tambien. Le agradeceria mucho, y lo invito a seguir escribiendo
sobre temas que a todos nos apasionan.

Atentamente,

Anónimo dijo...

neto estoy probando

Burrito dijo...

Creo que como Balta LLort es un heroe , igual reconocimiento debe tener un trabajador incansable el señor Lopez mendoza , que si bien es cierto no fue "ejecutivo" se enrollaba la camisa y andaba afuera en medio de balas y en condiciones dificiles.

No se si el señor LLort hizo lo mismo, me gustaria neto ampliara

Ernesto Rivas-Gallont dijo...

Creo que Carlitos López Mendoza aprendió mucho de Balta Llort. Balta nunca le pidio a nadie hacer algo que él no hubiera hecho antes. Siempre trabajó con las mangas enrolladas.

Patricia D'Arcy dijo...

Hola Neto:

Hoy su artículo me ha emocionado mucho. En muchos escritos nuestros en la columna que tiene a bien cederme los domingo el Diario La Tribuna, mencioné en uno de ellos que "La gloria se reparte con cuchara grande".

Aparte de nuestros lazos familiares, siempre le he admirado por su rectitud, (en Francia le dicen un hombre "pill"), un gran diplómatico, padre y esposo abnegado y tiene esa sensibilidad que se hereda en el "entourage" o ambiente de su hogar en el que nació, solamente existía la educación y la bondad.

Digo "LA GLORIA SE REPARTE CON CUCHARA GRANDE"., porque a veces la mayoria de la gente cuando muere solamente piensa en darle mérito a algunas personas por lo que materialmente tienen, puede que sea así: pero Balta Llorte, a quién no conocí, hasta el día de hoy merece toda mi admiración y reconocimiento por tanto bien que dió en su paso transitorio de la vida, y usted le está dando todo el mérito hoy, y pienso que también cuando estaba vivo le brindó su amistad, ademas, si no hubiese sido por él, no estaría contando hoy un poquito de lo mucho que hizo por La Cruz Roja Salvadoreña.

Que alma tan buena y noble tenía este digno señor, cuántas vidas ha de haber salvado, cuántos desvelos, cuántas preocupaciones para que los demás pudiesen seguir viviendo....

Pero imagínese que suave y linda fué su transición de la vida hacía lo infinito; Dios le extendía su mano desde el cielo, y como dice usted hasta dijo a su Médico, "Estoy listo, déjame partir para reunirme con mis seres queridos que se me adelantaron".

No esperaba menos de usted Neto, con su artículo muchas personas que lo leen - como usted expresa en su escrito - recordarán a Balta Llort, como un heroe nacional, o de esos seres humanos que tienen un don, el don de dar, de servir, de ayudar, y que dejó huella en su paso por la vida.

Lo más triste - esta es una reflexion mía- es que solamente pongan en el epitafio la fecha en que nació y murió - No sé, yo le hubiese escrito, "Aqui yace un buen hombre, un hombre que murió, dándole vida a muchas vidas"

PACHY